#BlogIMENA | Cristina Domínguez II

Vejez. La Culpa.

“Todo lo que comprendo está bien”     

- Oscar Wilde.


Creo que es generacional, al menos lo he podido comprobar con muchas mujeres que conozco: nos hemos sentido culpables de todo. O sea:  por algún acto personal equivocado, o por los de nuestros hijos o maridos. Nos las arreglamos para adjudicarnos de inmediato los errores ajenos.

Además, caemos en nuestra propia trampa: en realidad “no somos tan buenitas como solemos creer”. Atrás de la culpa hay un autoengaño, o sea: una creencia heredada, o arrogancia. 

¿Tan importantes somos, que Dios nos ha dado la tarea de cargar con los otros?  ¿con sus culpas, errores, maldades, “mala leche”, e irresponsabilidades? 

Pero si no somos nada. Y… “Arrieros somos y en el camino andamos”.

El día que lo descubrí lo anduve pregonando, no cabía duda que me había estado engañando creyéndome la mejor mamá, la mejor hermana, la mejor vecina, la mejor amiga. La buenita

Y nanais… No soy nada.

Aún no estoy curada de sentir culpa por los demás. De pronto me asalta esta creencia y por salud mental hago malabarismos  para desecharlo de mi mente y sobre todo del corazón.

Los años pasan. Mientras respiro, suspiro, duermo, callo, platico, me río, voy comprendiendo con que facilidad me flagelo, volviendo a sentir culpa, ya que olvido que cada persona es responsable de su vida y de sus actos.

Que alivio cuando puedo colocar las piezas del rompecabezas,  o sea el lugar que corresponde a los actos de los demás y de mi propia historia. Y no encuentro culpa. Todo está bien. Mente y corazón en armonía.

Con nueva mirada puedo sentir que lo que hice o dejé de hacer, en su momento, era lo que podía y lo que sabía.  

Descendientes, amigos y conocidos los coloco en un lugar digno, el que corresponde a cada persona con las capacidades suficientes para responder con toda libertad a su propia vida y circunstancia.

¿De dónde saqué que el justo Dios me dio la tarea de cuidar a los otros y cargar con sus culpas y errores?

¡Cómo he desperdiciado el tiempo flagelándome por los errores de los demás! Y además como yo los interpreto. A fin de cuentas el único que nos conoce es Dios.  Y no podemos mentirle. Lo que hacemos y cómo lo hacemos sólo es de nuestra incumbencia, y el nos ama así. A él lo tiene sin cuidado. Además de su amor incondicional,  nos perdona siete veces siete. 

Yo soy la única responsable de mis actos, aciertos, logros y fracasos.

Yo solita me he encargado de tener la vida que tengo. Visto de esta manera me aligero. Y puedo gritar a la vida:

¡pero si no soy nada!

Y oigo nuevamente la vocecita:

“Todo lo que es comprendido está bien”.

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