#BlogIMENA | Cristina Domínguez III

Vejez. La esperanza.

“En la alquimia, la esperanza se funda en la certeza de que existe un fin.”

Como la Bella Durmiente del cuento, unos seres de luz se han encargado de llenarme de los dones necesarios para iniciar mi propia alquimia. Si mezclo estos dones, con la formación que recibí de papá y mamá, de mis maestros, del entorno familiar y social y de las circunstancias en las que nací: época, religión, guerra, muerte de alguien cercano, adelantos técnicos y científicos, ha sido eso: un proceso de alquimia. Y si me asumo como ser inteligente y creativo, me doy cuenta que casi siempre hubo un para qué. 

Muchas veces no fui consciente de cómo respondía a mi circunstancia, ni para que lo hacía, pero al final, sabía que existía una razón poderosa.

La vida me pareció maravillosa  cuando comprendí que llegue al mundo justo con lo necesario para que la mezcla de mis dones,sirviera para hacer de mi vida una obra de arte. Luego me hice preguntas, y el para qué se convirtió en esperanza.

Y di gracias.

Dios es delicado, justo y amoroso. Ciertamente nos dio libre albedrío, pero también nos ofreció un titipuchal de opciones. Y no se mide. Nos da todo aquello que necesitamos y en el momento oportuno. Ni antes ni después.

Lo que me toca, es estar alerta. Sobre todo ver y  escuchar.

No son premios lo que nos da la vida cuando respondemos asertivamente, son opciones. Y yo, frágil criatura que ocupo un lugar en el universo, o lo tomo o lo dejo. A veces, algo aparece cuando menos lo espero y oigo  una vocecita que me alienta: “hay la llevas”, y entonces mi corazón se llena de esperanza y tengo la certeza que al final de mi camino estaré en la luz.

La esperanza es el más preciado regalo del Universo.¿Cómo llega? ¿cómo sucede? ¿cómo es? ¿cómo se muestra?  Esto lo sabe cada uno, porque Dios habla a cada uno de los habitantes del planeta, como cada ser humano lo puede entender y recibir, y al final de cuentas cada quien sabe en que cifra su esperanza, y es responsable del camino que elige en el transcurso de su vida.

La mente es maravillosa. Me gusta imaginar a la esperanza como una esfera cubierta de puntitos luminosos que parpadea seductora; me dejo abrazar por su luz, y me cubre con hilos dorados y plateados.

La esperanza es la certeza de que amorosamente Jesús   me espera con los brazos abiertos y me sonríe. 

Cuando esto suceda sabré que he llegado al final del viaje.


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